¡Hay tantas cosas que quiero contarte Negra! Pero tú... ni tus luces.
Todo empezó como la mayoría de las historias empiezan, en un día ordinario que no prometía absolutamente nada. Las puertas ya estaban cerradas y en ese entonces yo no sabía que una ventana estaba a punto de abrirse frente a mí.
Una llamada. Una llamada telefónica para sacarme de la monotonía en la que me estaba hundiendo. Si nada hubiera pasado, probablemente habría dejado que me absorbiera sin dar pelea. Seguramente aún estaría sumido en ella.
Es increíble como la vida no espera a nadie. O te adaptas a su ritmo o te quedas atrás. A mi tampoco me esperó, nunca lo hizo; pero he tenido la fortuna de que me obligue a caminar, como si anduviera detrás de mi con un látigo y no me diera un descanso. Y en verdad espero que nunca me lo dé, hasta que sea el definitivo.
Un claro ejemplo de como algunas cosas buenas pueden encontrar su origen en las tragedias. Me siento egoísta al pensar en ello, porque sé que muchas personas, si se les hubiera dado la oportunidad de elegir, habrían evitado la tragedia; pero sus consecuencias han reemplazado una felicidad por otra, una nueva felicidad con un toque de nostalgia que entre muchas personas me hace muy feliz a mí, lo cual hasta cierto punto me hace agradecer que tal tragedia haya ocurrido. No sé si este mal pensar así...
Pero de vuelta a la historia: Una llamada telefónica que cambia el curso de un día que no parecía guardar sorpresas. Una serie de eventos desafortunados cuyas consecuencias aún no llegan a un desenlace, pero que entre ellas se entreve la esperanza de algo nuevo... Una serie de eventos desafortunados, Lemony Snicket sabía muy bien lo que hacía.
Las tragedias sirven para unir a la gente. Cuando una fuerza más grande que la voluntad de los hombres llega de repente y sacude el suelo, es indudable que nada volverá a ser como era antes. Somos los sobrevivientes a un huracán de emociones que vino a alterar nuestra percepción de la realidad y aún estamos en proceso de adaptación. Y como no sabemos ni quienes somos, ni como nos llamamos, nos aferramos a lo único que queda de nuestra vida anterior: Las personas que, antes, ya estaban aquí. Así fue como, después de esta serie de eventos desafortunados, volteé la mirada y ahí estabas tú y pude ver como tú también a tu manera me volteaste a ver. Y nuestras miradas reflejaban que nos veíamos con ojos diferentes, de repente entendí que por tanto tiempo compartimos un espacio y yo no me di cuenta de la maravillosa persona que se me había cruzado en mi camino. Pero ahora el terremoto había pasado y tu y yo nunca volveríamos a vernos de la misma manera.
Yo sé que aún no es tarde. Podría jurar que tu sientes el cambio también. Entonces, ¿Que sigue?. No lo sé. Sé lo que quiero obtener de esto, sé cual es mi meta. El problema no es saber que quiero, sino como conseguirlo...
Estoy congelado, congelado por el miedo. Ya, ahí está ¡Ya lo dije!. Admito que tengo miedo, un miedo tan grande como no había sentido en mucho tiempo. Miedo de perder. Y es que eres tú, eres eso que había estado esperando y si fallo en mi objetivo, creo ni yo mismo sé exactamente que tanto puedo perder. La ironía de todo es, que la complejidad de esta situación, es el reflejo de tu esplendor. Eres tan magnífica, que incluso disfruto de lo complicado, hasta me está llegando a gustar ese miedo que me paraliza.
Está historia no tiene fin, porque aún no se lo he querido dar...
Todo empezó como la mayoría de las historias empiezan, en un día ordinario que no prometía absolutamente nada. Las puertas ya estaban cerradas y en ese entonces yo no sabía que una ventana estaba a punto de abrirse frente a mí.
Una llamada. Una llamada telefónica para sacarme de la monotonía en la que me estaba hundiendo. Si nada hubiera pasado, probablemente habría dejado que me absorbiera sin dar pelea. Seguramente aún estaría sumido en ella.
Es increíble como la vida no espera a nadie. O te adaptas a su ritmo o te quedas atrás. A mi tampoco me esperó, nunca lo hizo; pero he tenido la fortuna de que me obligue a caminar, como si anduviera detrás de mi con un látigo y no me diera un descanso. Y en verdad espero que nunca me lo dé, hasta que sea el definitivo.
Un claro ejemplo de como algunas cosas buenas pueden encontrar su origen en las tragedias. Me siento egoísta al pensar en ello, porque sé que muchas personas, si se les hubiera dado la oportunidad de elegir, habrían evitado la tragedia; pero sus consecuencias han reemplazado una felicidad por otra, una nueva felicidad con un toque de nostalgia que entre muchas personas me hace muy feliz a mí, lo cual hasta cierto punto me hace agradecer que tal tragedia haya ocurrido. No sé si este mal pensar así...
Pero de vuelta a la historia: Una llamada telefónica que cambia el curso de un día que no parecía guardar sorpresas. Una serie de eventos desafortunados cuyas consecuencias aún no llegan a un desenlace, pero que entre ellas se entreve la esperanza de algo nuevo... Una serie de eventos desafortunados, Lemony Snicket sabía muy bien lo que hacía.
Las tragedias sirven para unir a la gente. Cuando una fuerza más grande que la voluntad de los hombres llega de repente y sacude el suelo, es indudable que nada volverá a ser como era antes. Somos los sobrevivientes a un huracán de emociones que vino a alterar nuestra percepción de la realidad y aún estamos en proceso de adaptación. Y como no sabemos ni quienes somos, ni como nos llamamos, nos aferramos a lo único que queda de nuestra vida anterior: Las personas que, antes, ya estaban aquí. Así fue como, después de esta serie de eventos desafortunados, volteé la mirada y ahí estabas tú y pude ver como tú también a tu manera me volteaste a ver. Y nuestras miradas reflejaban que nos veíamos con ojos diferentes, de repente entendí que por tanto tiempo compartimos un espacio y yo no me di cuenta de la maravillosa persona que se me había cruzado en mi camino. Pero ahora el terremoto había pasado y tu y yo nunca volveríamos a vernos de la misma manera.
Yo sé que aún no es tarde. Podría jurar que tu sientes el cambio también. Entonces, ¿Que sigue?. No lo sé. Sé lo que quiero obtener de esto, sé cual es mi meta. El problema no es saber que quiero, sino como conseguirlo...
Estoy congelado, congelado por el miedo. Ya, ahí está ¡Ya lo dije!. Admito que tengo miedo, un miedo tan grande como no había sentido en mucho tiempo. Miedo de perder. Y es que eres tú, eres eso que había estado esperando y si fallo en mi objetivo, creo ni yo mismo sé exactamente que tanto puedo perder. La ironía de todo es, que la complejidad de esta situación, es el reflejo de tu esplendor. Eres tan magnífica, que incluso disfruto de lo complicado, hasta me está llegando a gustar ese miedo que me paraliza.
Está historia no tiene fin, porque aún no se lo he querido dar...
© The SeRGe
1 comentario:
jojo, está bien perro loco. No mames!! me hizo pensar un montón de putadas.
Publicar un comentario