Llevo dos semanas sin fumar, sin tocar un cigarro ni siquiera sin prender. No sé ni porque dejé de fumar, supongo que mi subconsciente al saberme desempleado anda de ahorrador; lo curioso es que no he andado de mal humor, no más de lo usual pues. Han habido algunos días que el antojo es fuerte, pero hasta el momento me he podido controlar.
Mi vida, como la de todos, está enlazada permanentemente a otras vidas, a otras personas, otras cabezas, otros mundos. Y es curioso como no se necesita de una sincronía para relacionarse; algunos andamos en el enamoramiento, mientras otros en el despecho y el desamor. Podría darse un problema de comunicación pero nunca una falla permanente.
Esta noche he servido de DJ para un corazón roto, creé un playlist lleno de amargura que exaltaba a los sentimientos de abandono y ausencia, quedé asombrado de mi capacidad de llenar una lista con canciones para dolidos, como si estuviera siempre prepaprado para lo peor, pero sirvió su propósito. Y es que a veces es bueno sacarlo todo, dejar que los expertos en malas experiencias cuenten tu historia en canciones mientras Mayahuel te consuela con el fruto de sus senos y te exige a gritos que le entregues tu sufrimiento.
Pero el verdugo puede matar sin estar él aún condenado, este DJ de mala muerte anda en otro mundo, uno más placentero; habitado por la bendita ilusión y exquisita ingenuidad del enamoramiento.
Cuando la dosis fue administrada por completo y aquel corazón roto se apaciguó, me quedé con ese dulce sabor que sólo le puede surgir en las madrugadas a quien anda pensando en futuros inciertos.
Cambiaron los temas y los géneros, unas voces más amables me hablaron de amor, de la añoranza y la emoción de hacer todo con alguien por primera vez, comprobando así que hay distintas maneras de hacer sufrir. Me convertí en mi propio verdugo.
¿Qué hace la gente que no fuma en momentos como este?
Sergio