Él siempre odió ir a la ciudad, pero sentía cierta curiosidad, una necesidad de probarle a la gente que estaba más que listo para enfrentar al mundo y sabía que la mejor manera de probarlo era caminar sin inmutarse por las calles de la Metrópolis más cercana al pueblo donde vivía.
Nadie debía saber que la gran ciudad le asustaba. El solo hecho de que una ciudad como esa lo asustara, comprobaba que el mundo era un lugar feo, enorme y peligroso. Tenerle miedo a esa ciudad era tenerle miedo al mundo entero.
Todos sus planes de viajes y de recorrer el globo quedaban estancados con solo pensar que todas las ciudades del mundo fueran como esa. Por supuesto, siempre quedaba la esperanza de que Paris, New York o Amsterdam fueran ciudades mas amigables, pero ¿Cómo saberlo?. Sí nada más dar el primer paso fuera del pueblo que lo vió nacer era empezar a extrañarlo, a compararlo y querer regresar.
Él era un convicto por propia voluntad, preso en una celda sin barrotes, la celda más hermosa y confortable que se podía pedir, en la cual no se necesitaba de guardias o ningún otro tipo de vigilancia. Él solo era su propio custodio.
A pesar de todo, se obligaba a sí mismo a ir a la ciudad, pero esos cortos viajes solo les servían para confirmar lo que él ya sabía: No hay mejor lugar en el mundo que ese que es mi hogar y no pienso irme nunca. Para él, la ciudad era fría, deprimente. Le abrumaba su gran tamaño al borde de la desesperación, le provocaba una ansiedad insoportable cuando pensaba que una ciudad así de grande, fría y distante te sumía en el peor de los anonimatos, te absorbía dentro de ella y jamás te dejaría salir, destinado para siempre al mismo peregrinar taciturno y colectivo.
Caminaba por las calles de la ciudad tratando de no dar la impresión de pueblerino, con paso seguro sobre lugares desconocidos, lugares que le aterraban. Recorriendo un laberinto de calles diseñadas para acallar el eco de las voces que demandan a gritos su lugar en el mundo. Incrementando su melancolía con cada paso.
Y es que, ¿Cómo alguien puede ser feliz sin ver las estrellas?, ¿O sin ver la puesta del sol sobre el mar?, ¿O los verdes cerros después de que llueve?. ¿Cómo esperar que alguien encuentre la felicidad si cada día de su vida todo lo que ve es el frío color del concreto en todas direcciones? El alma que no aprecia la vasta belleza que ofrece este mundo es un alma que se consume, lenta pero incontrovertiblemente.
No me gusta Guadalajara.
Nadie debía saber que la gran ciudad le asustaba. El solo hecho de que una ciudad como esa lo asustara, comprobaba que el mundo era un lugar feo, enorme y peligroso. Tenerle miedo a esa ciudad era tenerle miedo al mundo entero.
Todos sus planes de viajes y de recorrer el globo quedaban estancados con solo pensar que todas las ciudades del mundo fueran como esa. Por supuesto, siempre quedaba la esperanza de que Paris, New York o Amsterdam fueran ciudades mas amigables, pero ¿Cómo saberlo?. Sí nada más dar el primer paso fuera del pueblo que lo vió nacer era empezar a extrañarlo, a compararlo y querer regresar.
Él era un convicto por propia voluntad, preso en una celda sin barrotes, la celda más hermosa y confortable que se podía pedir, en la cual no se necesitaba de guardias o ningún otro tipo de vigilancia. Él solo era su propio custodio.
A pesar de todo, se obligaba a sí mismo a ir a la ciudad, pero esos cortos viajes solo les servían para confirmar lo que él ya sabía: No hay mejor lugar en el mundo que ese que es mi hogar y no pienso irme nunca. Para él, la ciudad era fría, deprimente. Le abrumaba su gran tamaño al borde de la desesperación, le provocaba una ansiedad insoportable cuando pensaba que una ciudad así de grande, fría y distante te sumía en el peor de los anonimatos, te absorbía dentro de ella y jamás te dejaría salir, destinado para siempre al mismo peregrinar taciturno y colectivo.
Caminaba por las calles de la ciudad tratando de no dar la impresión de pueblerino, con paso seguro sobre lugares desconocidos, lugares que le aterraban. Recorriendo un laberinto de calles diseñadas para acallar el eco de las voces que demandan a gritos su lugar en el mundo. Incrementando su melancolía con cada paso.
Y es que, ¿Cómo alguien puede ser feliz sin ver las estrellas?, ¿O sin ver la puesta del sol sobre el mar?, ¿O los verdes cerros después de que llueve?. ¿Cómo esperar que alguien encuentre la felicidad si cada día de su vida todo lo que ve es el frío color del concreto en todas direcciones? El alma que no aprecia la vasta belleza que ofrece este mundo es un alma que se consume, lenta pero incontrovertiblemente.
No me gusta Guadalajara.
© The SeRGe
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